Ayer quise empezar a escribir la historia de Epecuén. Después de la excursión y de escuchar a la excelente guía —epecuense, testigo joven de la inundación— sentí que tenía datos, fechas, imágenes… pero no tenía alma. Algo me faltaba. La historia no quería dejarse escribir.
El día amaneció ventoso y
fresco. Ideal para caminar. Google me marcaba museos y yo decidí seguirle el
rastro, como quien busca una pista. Desde mi alojamiento caminé varias cuadras
hasta llegar a la plaza principal, miré el edificio imponente de la
intendencia, entré al museo Adolfo Alsina —donde tardaron varios minutos en
notar mi presencia— y recorrí vitrinas prolijas con objetos silenciosos. Todo
estaba allí, pero había que leerlo en etiquetas. Sin códigos QR, sin voces.
Solo piezas quietas esperando que alguien descifrara su pasado.
Luego fui a la casa de la
última fortinera: cerrada. La mansión Razquin: también cerrada. Y entonces
llegué a la calle Lonardi 944. El GPS anunció: “Ha llegado a su destino”. Miré
alrededor. Solo un hombre mayor sentado en la vereda:
—¿Aquí es el museo?
—Sí, sí… espere un ratito que
ando medio mal de la rodilla.
Yo, porteña acelerada, ya me
había metido en el garaje con reposeras abiertas. Él buscó su bastón con
dificultad y empezamos el recorrido. Antes de ver nada, lo primero que me
envolvió fue el aroma a sopa casera. Un olor tibio, doméstico, vivo. Nada que
ver con los museos anteriores.
Comenzó a contar cómo había
reunido cada objeto, cómo funcionaban algunos mecanismos antiguos. Hasta que
llegamos a una fotografía de Epecuén en su esplendor. Ahí algo cambió. Una
sombra cruzó sus ojos. En ese instante entendí que no estaba frente a un simple
coleccionista. Era Lito. Nunca se presentó; no hizo falta. La pasión lo
delataba.
Esa imagen era su talón de
Aquiles.
Habló de la inundación. De
decisiones mal tomadas. De advertencias desoídas. Se detuvo frente a un enorme
tornillo sin su tuerca.
—A mí me han amenazado por
contar la verdad —dijo—, pero no me importa. Yo lo viví. Yo sé lo que pasó.
Lito no era de Epecuén; era carhuense. Pero en noviembre del 85 fue segundo jefe de bomberos. Recordó la fisura en el terraplén, la reparación apresurada, la orden de abrir la compuerta. Recordó haber advertido que no alcanzaría. Que hacía falta un canal para encauzar el agua del Ameghino. “Usted está para obedecer”, le dijeron. Y obedeció.
En sus ojos de anciano todavía
vive el arrepentimiento del hombre joven que no se animó a enfrentarse.
Me contó cómo forzaron la
compuerta, cómo rompieron los tornillos con maquinaria especial. Ese pedazo de
metal que hoy exhibe es más que un objeto: es la esquirla de una decisión que
cambió la historia.
Después habló de la campana de la iglesia de ese pueblo bajo el agua.
La rescataron del fondo del lago. Se la llevó a su casa. Durante dos años le
quitó la sal con una espátula, con paciencia artesanal, capa por capa, hasta
devolverle el brillo al bronce que había dormido bajo el agua. Cuando volvió a
sonar en la iglesia de Carhué —esa que yo tampoco pude visitar porque estaba
cerrada— fue como si el pueblo respirara otra vez.
Seguimos. Autos antiguos que
aún funcionan. Una fábrica de soda que enciende de a un módulo “porque si no,
salta la térmica”. Una réplica de juguetes que apagan incendios con un tanque
australiano. Un proyector de cine, su otra pasión, que lo llevó a restaurar el
cine del pueblo y a trabar amistad con Pino Solanas durante el rodaje del
documental “El viaje”.
Le pregunté si el municipio lo
ayudaba.
Su rostro se tensó.
—No. Ellos no quieren que yo
cuente la historia real.
No pregunté más. Comprendí que
la térmica que podía saltar no era solo la eléctrica.
Antes de irme, me animé a una
última pregunta:
—¿Qué pasará con todo esto
cuando usted ya no esté?
—No sé… Tal vez el municipio.
Tal vez mis herederos lo vendan.
En su voz había una tristeza
serena. Como si supiera que, sin él, muchas de esas piezas dejarán de latir.
Al salir, su esposa Mabel
estaba sentada en una reposera. El aroma a sopa era más intenso. Me miró y
preguntó:
—¿Le gustó el museo?
Le dije que sí. Que era
fascinante. Que ella también debía tener mucho para contar.
—Más de sesenta años juntos
—respondió—. Entre novios y casados. Y todavía tenemos chispazos. A él le
cuesta no poder dedicarse a todo esto como antes. La salud a veces no lo
acompaña.
Y Mabel dijo una frase que me
llevo como máxima para mi vida:
—Yo le digo a Lito: Así como
aprendemos a caminar, también tenemos que aprender a envejecer.
Cuando me fui, entendí por qué
no podía escribir la historia el día anterior. Me faltaba esto. Me faltaba una
voz que no estuviera en una etiqueta. Me faltaba el olor a sopa. Me faltaba la
culpa, la pasión, la terquedad y el amor de un hombre que se niega a que el
agua se lleve también la memoria.
Ahora sí tenía mi historia.
Nota final
El 10 de noviembre de 1985,
tras lluvias extraordinarias y una cadena de decisiones políticas inconclusas,
el terraplén que protegía Villa Epecuén cedió. El agua avanzó sin pausa y el
histórico balneario quedó sumergido bajo el lago. Sus 1.500 habitantes fueron
evacuados en pocos días; no hubo víctimas, pero sí un desarraigo total.
Fundada en 1921 y famosa por
sus aguas hipermineralizadas —comparadas con el Mar Muerto—, Epecuén había sido
durante décadas un polo turístico de élite, conectado por tres líneas férreas y
preparado para recibir miles de visitantes cada temporada. Sin embargo, su
ubicación en el sistema de lagunas Las Encadenadas la hacía frágil ante los
ciclos hídricos. Las obras de regulación proyectadas en los años 70 quedaron
inconclusas, y la defensa final fue apenas un terraplén insuficiente.
El lago cubrió el pueblo
durante casi veinte años. Cuando el agua retrocedió, dejó al descubierto ruinas
blancas, cristalizadas por la sal, convertidas hoy en símbolo de la
vulnerabilidad humana frente a la naturaleza… y también frente a las decisiones políticas.



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